En la vida, lo que viene, conviene. No porque sea lo adecuado sino porque es lo que hay. Y esa diferencia, aparentemente pequeña, lo cambia todo.
Durante mucho tiempo hemos querido creer que las cosas ocurren por algún motivo oculto, por una especie de lógica superior que ordena el caos y reparte las cartas con una intención precisa. Necesitamos pensar que lo que sucede tiene sentido. Que las pérdidas enseñan, que los fracasos preparan, que los golpes fortalecen, que las despedidas abren caminos nuevos. A veces es así. Pero no siempre.
Hay cosas que no convienen en absoluto. Enfermedades que no deberían llegar, ausencias que no traen ninguna lección, traiciones que no nos hacen mejores, solo más desconfiados. Existen errores que no eran necesarios, pérdidas que no escondían un regalo o heridas que no se compensan con una moraleja.
Por eso quizá la frase “lo que viene, conviene” no debería entenderse como una afirmación ingenua de optimismo, sino como una forma adulta de aceptación, de cooperar incondicionalmente con lo inevitable. Conviene porque, cuando algo llega, la pregunta más útil rara vez es “¿por qué a mí?”, sino “¿qué hago ahora con esto?”.
Aceptar no es rendirse. Es dejar de pelear contra la realidad para empezar a actuar dentro de ella. Es comprender que hay batallas que se pierden precisamente por empeñarnos en librarlas en el terreno equivocado. A veces queremos cambiar lo ocurrido, borrar una conversación, regresar a una decisión anterior, recuperar a alguien, desandar el camino. Pero la vida no funciona hacia atrás. La vida solo permite avanzar desde el punto exacto en el que estamos. Y ese punto, nos guste o no, es el único lugar desde el que podemos hacer algo.
La madurez quizá consista en dejar de exigirle a la vida que sea justa antes de empezar a vivirla. Porque muchas veces no lo es. No reparte con equilibrio. No premia siempre al que se esfuerza. No castiga siempre al que hace daño. No garantiza finales felices. No asegura que quien ama sea amado, que quien trabaja sea reconocido o que quien espera reciba.
Con esta aseveración no estamos justificando lo que ocurre, sino recordándonos que la realidad, por dura que sea, siempre es el punto de partida. Podemos negarla, maquillarla, maldecirla o culpar al mundo entero. Pero mientras hacemos eso, el tiempo sigue pasando. Y la vida, indiferente a nuestra resistencia, continúa.
La aceptación tiene mala fama porque se confunde con conformismo. Pero no son lo mismo. El conformismo baja los brazos. La aceptación abre los ojos. El conformismo dice: “no puedo hacer nada”. La aceptación pregunta: “¿qué sí puedo hacer?”. El conformismo se acomoda en la queja. La aceptación convierte la lucidez en movimiento.
Aceptar es mirar de frente lo que hay, sin adornarlo y sin exagerarlo. Es llamar a las cosas por su nombre. Es reconocer una pérdida como pérdida, un fracaso como fracaso, una decepción como decepción. Pero también es negarse a que eso sea toda la historia. Porque una cosa es lo que nos pasa. Y otra, lo que hacemos con lo que nos pasa. Y aquí aparece nuestra pequeña, pero inmensa, parcela de libertad.
Lo que viene, conviene, porque ahora forma parte del camino. Porque, aunque no lo hayamos elegido, tendremos que incorporarlo a nuestra biografía. Porque resistirnos eternamente a lo que sucede nos deja atrapados en una versión de la vida que ya no existe. Porque la paz no llega cuando todo encaja, sino cuando dejamos de exigir que todo encaje para poder seguir adelante.
Hay una interesante forma de sabiduría en comprender que no todo necesita explicación inmediata. A veces la vida solo se entiende después. Y en ocasiones ni siquiera después. Seguir no siempre significa hacerlo con entusiasmo. A veces seguir es simplemente levantarse. Ducharse. Contestar un mensaje. Cumplir con lo mínimo. Respirar un poco más despacio. Dar un paseo. Ordenar una habitación. Pedir perdón. Volver a intentarlo. Dejar de fingir que todo está bien. Aceptar que hoy solo podemos llegar hasta aquí. Y eso también es avanzar.
Quizá la vida no nos pide tanto heroísmo como honestidad. No siempre hace falta convertir cada golpe en una historia épica de superación. A veces basta con no mentirnos. Con reconocer que algo duele. Con permitirnos estar tristes sin instalarnos para siempre en la tristeza. Con entender que no todo lo que nos transforma lo hace de manera amable. Porque hay aprendizajes que llegan sin pedir permiso. Y hay cambios que no elegimos, pero que nos obligan a elegir quién queremos ser a partir de ellos.
No somos solo lo que nos ocurre. Somos la manera en la que respondemos a lo que nos pasa. Por eso, tal vez, “lo que viene, conviene” no sea una frase sobre el destino, sino sobre la responsabilidad. No nos dice que todo esté bien. Nos recuerda que, incluso cuando algo está mal, nos corresponde decidir qué lugar ocupará en nuestra vida. Porque aprender a vivir con lo que hay, sin renunciar a mejorarlo, quizá sea una de las formas más profundas de inteligencia.
Buenos días Sergio:
Gracias por compartir este artículo porque en mi actual situación personal no me pudo venir mejor.
Me resuena mucho cuando escribes »
No somos solo lo que nos ocurre. Somos la manera en la que respondemos a lo que nos pasa» Mi vida personal está «tropezando» y mi realidad laboral no es lo que yo esperaba y aquí mi superpoder….» La Resiliencia. Todo saldrá bien..me repito. Elige lo importante, prioriza el corazón de la familia. Trabajo: por aquí no es pero es por allá, porque te caen propiedades muy grandes y la palabra «asesor inmobiliario independiente » es una realidad cada vez más cercana.
Y aquí la responsabilidad: decidir que es lo prioritario sobre lo que es necesario. Saber que en mi vida hay aspectos que son los que son y ya está. No puedes controlar ciertas cosas, son lo que hay.
Gracias. Te dejo un abrazo enorme.
Maru
Muchas gracias por tus palabras Maru. Creo que es fundamental cooperar incondicionalmente con lo inevitable. Un fuerte abrazo