Vivimos en un mundo empeñado en etiquetarlo todo. A pesar de ello, siempre me ha costado demasiado ceñirme únicamente a una sola parcela. Asumiendo el riesgo de perder el foco, he apostado continuamente por dejarme llevar por territorios insospechados, guiado por la casualidad, la inquietud o esa fecunda curiosidad que surge de experiencias, lecturas y conversaciones.

Durante mucho tiempo he tenido la sensación de saber de muchas cosas un poco y no tener ni p**a idea de nada. Creo que ahora, en estos tiempos “artificiales”, esto puede ser una interesante ventaja.

Montaigne escribió sus ensayos no para clausurar el pensamiento, sino para explorarlo. Su famosa pregunta, “¿Qué sé yo?”, sigue siendo una brújula magnífica frente a la soberbia de las respuestas demasiado rápidas. Leonardo da Vinci no separaba arte, ciencia, anatomía, ingeniería o belleza. Ortega y Gasset nos recordó que somos nosotros y nuestras circunstancias, es decir, que para comprender a alguien no basta con observarlo aislado, sino que hay que mirar también el contexto que lo envuelve.

Todos ellos, a su manera, nos enseñan que comprender exige amplitud. Durante años se ha impuesto una cierta dictadura de ese foco. Hay que especializarse, elegir un nicho, repetir un mismo mensaje con objeto de ser reconocible para el algoritmo. Debemos expresarnos siempre en la misma línea para que el mercado nos entienda.

Como explicaba al principio, soy consciente de que esta amplitud, en ocasiones, puede hacer que me pierda en laberintos sin sentido. Sé que moverse entre territorios distintos puede generar incomodidad en un mundo que prefiere clasificar antes que comprender. También tengo claro que no siempre es fácil explicar a qué te dedicas cuando te interesan demasiadas cosas y tu trabajo consiste, precisamente, en conectar puntos que otros ven separados.

Pero también tengo la certeza de que esa exploración constante es una fuente inmensa de disfrute y creatividad. Me encanta aprender cosas nuevas, probar formatos distintos, aventurarme en proyectos diferentes…

Defiendo a los polímatas no como genios renacentistas inalcanzables, sino como personas con la voluntad deliberada de conectar saberes. Individuos que no se conforman con mirar el mundo desde una única ventana, que comprenden que el conocimiento no es una colección de cajas cerradas, sino una red de caminos que se cruzan.

Un polímata no es alguien que sabe de todo, es alguien que mantiene viva la curiosidad, que se atreve a entrar en territorios desconocidos, que no desprecia lo que ignora, que escucha antes de sentenciar y que sospecha que una idea interesante puede aparecer en cualquier sitio.

En mi caso, esa forma de estar en el mundo tiene mucho que ver con una mirada humanista. Me interesa la tecnología, pero no como un altar ante el que arrodillarse, sino como una herramienta que debe estar al servicio de la gente.

Por eso me preocupa la dictadura silenciosa de los algoritmos. No porque esa tecnología sea perniciosa. Sería absurdo afirmarlo. Se trata de un poderoso instrumento que nos ayuda, nos conecta, nos facilita la vida y nos abre posibilidades extraordinarias. El problema aparece cuando dejamos de buscar por nosotros mismos y solo consumimos lo que una máquina decide mostrarnos. Cuando confundimos relevancia con repetición y creemos que el mundo termina en nuestra pantalla. En el momento en que las ideas que recibimos no nos ensanchan, sino que nos confirman.

Byung-Chul Han, autor de La sociedad del cansancio, ha reflexionado sobre una sociedad saturada de estímulos, rendimiento e información, pero cada vez más necesitada de pausa, atención y contemplación. Y quizá ahí esté una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: nunca hemos tenido tanto acceso al conocimiento y, sin embargo, cada vez resulta más difícil detenerse a pensar.

La curiosidad verdadera exige salir del carril. Demanda leer cosas que no estaban previstas. Hablar con personas que no piensan como nosotros. Caminar sin auriculares de vez en cuando. Aburrirse un poco. Mirar alrededor. Escuchar una música que no estaba en nuestra lista. Entrar en una librería sin saber qué buscamos. Viajar, aunque sea cerca. Preguntar. Dudar. Tocar la realidad con las manos.

George Steiner defendía que la cultura es, en buena medida, una conversación interminable con los muertos. Leer es conversar con quienes pensaron antes que nosotros. Con quienes se equivocaron, dudaron, buscaron, imaginaron y dejaron encendidas algunas lámparas para los que veníamos detrás. Quizá por eso leer no debería servir solo para acumular citas, sino para ensanchar la mirada.

Por otro lado, Nuccio Ordine reivindicó la utilidad de lo inútil. Aquello que no siempre produce un resultado inmediato, medible o monetizable, pero que nos hace más humanos: la literatura, la filosofía, la música, el arte, la conversación, el paseo, el silencio.

Creo profundamente que el valor se genera en las intersecciones. En los espacios híbridos nacen muchas de las ideas que transforman personas y organizaciones. No en la repetición automática de fórmulas, sino en la capacidad de mirar distinto. Tampoco en la obediencia ciega a las tendencias, sino en la construcción de criterio propio.

Por eso siempre me han interesado más las personas curiosas que las personas categóricas. Las que preguntan antes de sentenciar. Las que leen sin buscar únicamente confirmación. Las que escuchan incluso cuando no están de acuerdo. Las que sospechan que el mundo es demasiado amplio, complejo y contradictorio como para reducirlo a una sola explicación.

La curiosidad es una forma de resistencia frente a la dictadura del algoritmo. Ser curioso no es dispersarse, es mantenerse vivo. Aceptar que uno no ha terminado de aprender. Reconocer que cada nueva disciplina puede regalarnos una lente distinta y que la creatividad no consiste solo en inventar desde cero, sino en conectar de manera nueva aquello que parecía inconexo.

Quizá por eso disfruto tanto haciendo cosas variadas. Porque en esa variedad encuentro sentido y cada proyecto, lectura, charla, experiencia o persona con la que me cruzo añade una pieza más a ese puzle infinito.

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