Querer no es poder. En esta cruzada contra las frases facilonas y edulcoradas hoy matizaré la máxima, casi heroica… y utópica: “Si quieres, puedes”. Es otra afirmación absoluta que se repite en discursos motivacionales, libros de autoayuda y conversaciones bienintencionadas. Tiene algo de combustible emocional, de empujón inicial pero carece de consistencia si uno se detiene a pensar con calma.

Porque querer no es poder. Querer es importante, por supuesto. Sin deseo no hay movimiento. Sin aspiración no hay camino. Pero entre el deseo y el resultado existe un territorio complejo donde entran en juego muchos factores: el orden y la planificación, el talento y las competencias, la constancia y, en ocasiones, la suerte.

En una cultura que tiende a simplificar el éxito y a romantizar el esfuerzo, conviene recuperar una mirada más realista y, al mismo tiempo, más humana sobre cómo se alcanzan los objetivos. El problema de algunas frases motivacionales no es que sean falsas, sino que son incompletas.

Decirle a alguien que “si quiere puede” ignora muchas variables que forman parte de la realidad. Supone asumir que el deseo es suficiente, que la voluntad basta para transformar cualquier circunstancia y que todo depende únicamente de la intensidad con la que uno lo desee. Pero la vida, afortunada o desgraciadamente, es más compleja que un eslogan.

Aristóteles ya advertía hace más de dos mil años que la virtud no es un acto aislado, sino un hábito. No basta con querer hacer el bien o alcanzar un objetivo: es necesario construir las condiciones que lo hagan posible. Del mismo modo, el filósofo estoico Epicteto señalaba que muchas personas desean triunfar, pero pocas están dispuestas a aceptar el precio que implica: disciplina, renuncia, trabajo y paciencia.

Querer algo es el primer paso. Pero entre el querer y el poder hay un largo e intrincado camino. Y el mapa de esa senda se fundamenta en con tres elementos fundamentales y un ingrediente adicional que suele ayudar bastante: orden, talento y constancia, aderezados con el favor de la diosa Fortuna.

El orden y la planificación

Vivimos en una época paradójica. Nunca hemos tenido tantas herramientas para organizarnos y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan fácil vivir desordenados. Calendarios digitales, gestores de tareas, aplicaciones de productividad, metodologías ágiles… Todo está diseñado para ayudarnos a planificar mejor. Sin embargo, la sensación de caos y dispersión es cada vez más frecuente.

El problema no es la falta de herramientas, es la carencia de orden interior.  El orden no consiste únicamente en tener una agenda organizada. Es algo más profundo. Tiene que ver con saber qué es importante y qué no lo es, con establecer prioridades y con construir una estructura que permita avanzar de forma sostenida hacia un objetivo.

Sin orden, el talento se dispersa y la constancia se vuelve errática. Esta clave implica tres cuestiones esenciales: Claridad para saber qué se quiere conseguir. Planificación con objeto de un camino para lograrlo. Prioridad para decidir qué cosas merecen tiempo y cuáles no.

Peter Drucker, uno de los grandes pensadores del management, afirmaba que “los planes son solo buenas intenciones a menos que se conviertan inmediatamente en trabajo duro.” La organización es precisamente el puente entre la intención y la acción.

El talento

Durante mucho tiempo se ha debatido sobre si el talento es innato o si puede desarrollarse. Probablemente la respuesta más sensata sea que existe una combinación de ambas cosas. Todos nacemos con ciertas predisposiciones, con determinadas capacidades naturales que nos facilitan algunos caminos y nos dificultan otros. Pero esas capacidades solo se convierten en talento real cuando se trabajan, se pulen y se ponen al servicio de un objetivo.

El talento no es un don mágico, es una capacidad afinada por el esfuerzo. En muchas ocasiones confundimos talento con éxito visible. Vemos a alguien destacar en un campo y pensamos que posee una habilidad extraordinaria, casi sobrenatural. Pero lo que solemos ignorar es la cantidad de horas invisibles que hay detrás.

El psicólogo Anders Ericsson, conocido por su investigación sobre la práctica deliberada, demostró que el rendimiento excepcional no depende únicamente de la capacidad inicial, sino del tipo de entrenamiento y de la dedicación sostenida. Es decir: el talento existe, pero necesita disciplina para florecer.

Al mismo tiempo, el talento también implica algo que a menudo olvidamos: autoconocimiento. Una persona inteligente no es la que intenta hacerlo todo, sino la que entiende en qué puede aportar más valor. Identificar el propio talento y cultivarlo con paciencia puede marcar una diferencia enorme.

La constancia

Si el orden es la estructura y el talento es la materia prima, la constancia es el motor. Porque los resultados importantes rara vez aparecen de forma inmediata. Vivimos en una cultura que idolatra la velocidad. Queremos aprender rápido, crecer rápido, ganar rápido, conseguir resultados rápidos. Pero muchas de las cosas que realmente merecen la pena requieren tiempo. Tiempo para equivocarse, para aprender, para mejorar.

La constancia tiene que ver con algo profundamente poco espectacular: hacer lo que toca cuando toca, incluso cuando la motivación desaparece.

Las trayectorias profesionales sólidas, los proyectos empresariales que perduran y las carreras deportivas que dejan huella suelen tener algo en común: años de trabajo silencioso.

La constancia se parece mucho a la disciplina. Y la disciplina, aunque suene poco romántica, tiene una ventaja enorme: no depende del estado de ánimo. Uno puede no tener ganas de entrenar, escribir, estudiar o planificar… pero puede hacerlo igualmente. Ahí es donde se construyen muchas diferencias.

El factor que pocos quieren reconocer: la suerte

Y aun así, incluso cuando alguien reúne orden, talento y constancia, no existe una garantía absoluta de éxito. Aquí entra en juego un elemento incómodo para nuestra cultura del mérito: la suerte.

Reconocer la importancia de la suerte no significa negar el esfuerzo. Significa aceptar que la realidad es compleja y que existen factores que escapan a nuestro control.

El filósofo estoico Séneca decía que la suerte es aquello que sucede cuando la preparación se encuentra con la oportunidad. Es una definición elegante porque evita dos extremos: Pensar que todo depende de nosotros o que todo depende del azar. La suerte aparece cuando alguien está preparado y, en un momento determinado, se cruza una circunstancia favorable.

Personas muy capaces que nunca encontraron el contexto adecuado. Individuos preparados que, de repente, se cruzaron con la oportunidad que cambió su trayectoria. Aceptar el papel de la suerte también tiene algo profundamente humano: nos hace más humildes.

Nos recuerda que el éxito nunca es completamente individual y que, detrás de muchas historias de éxito, también hay circunstancias, momentos y personas que ayudaron a que ese camino fuera posible.

Un apunte final

Quizá el problema no sea que frases como “si quieres, puedes” sean completamente falsas. El problema es que son demasiado simples para explicar la complejidad de la vida. Querer es necesario, pero no es suficiente.

Para convertir un deseo en realidad hacen falta muchas más cosas: orden para saber hacia dónde caminar, talento para aportar valor, constancia para sostener el esfuerzo y, en ocasiones, una pizca de suerte que coloque la oportunidad en el momento adecuado.

La buena noticia es que tres de esos factores: orden, talento trabajado y la constancia dependen en gran medida de nosotros. No controlamos la suerte, pero sí podemos prepararnos para cuando aparezca. Hacer lo que depende de nosotros con esmero no garantiza el éxito mas no hacerlo será sinónimo de fracaso

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