Un máster vital llamado cáncer infantil. El día 7 de febrero de 2018 comencé un máster vital que me proporcionó el devenir. No hubo matrícula, ni programa docente, ni calendario académico. Tampoco promesas de futuro. Sólo una palabra que irrumpió como un portazo en mitad de nuestras vidas: cáncer. Y, al pronunciarla, un escalofrío recorre tu espalda y todo lo accesorio se desvanece. Lo superfluo cae por su propio peso. La realidad, desnuda y sin adornos, se sienta frente a ti y te obliga a detenerte y mirar.
No fue un aprendizaje elegido. Nadie se apunta voluntariamente a esta formación. Como ocurre con las lecciones importantes, llega sin pedir permiso y se queda el tiempo necesario para dejar huella. En nuestro caso, fue el cáncer infantil el que nos enseñó (a golpe de silencios, miradas, conversaciones, lamentos y días largos) algunas verdades que a veces se me olvidan. Por eso escribo estas líneas: para recordármelas y que puedan ser de utilidad a otros.
No aporta nada lamentarse
La primera lección fue incómoda, casi violenta en su sencillez: lamentarse no cambia nada. El “por qué a nosotros” no encuentra respuesta útil. El “no es justo” es cierto, pero estéril. El lamento consume una energía que necesitas para sostener, acompañar, decidir y estar.
No se trata de negar el dolor ni de disfrazarlo de positivismo barato. El dolor está ahí, y tiene derecho a estarlo. Pero quedarse a vivir en él no ayuda. Aprendí que el sufrimiento se vuelve más llevadero cuando dejas de pelearte con la realidad y empiezas a convivir con ella. Resistirse a lo inevitable solo multiplica el desgaste.
Aceptar lo que viene, aunque no lo entiendas
La aceptación fue, probablemente, el gran eje de este máster vital. Aceptar diagnósticos, tiempos inciertos, tratamientos agresivos, retrocesos inesperados y silencios médicos que pesan más que cualquier palabra. Asentir no es rendirse, es dejar de gastar fuerzas en lo que no puedes cambiar para invertirlas en lo que sí depende de ti. No significa comprender, ya que hay cosas que probablemente jamás entenderé. La vida no siempre viene con un manual de instrucciones ni con explicaciones coherentes.
Aceptar es decir: “Esto es lo que hay ahora. ¿Cómo lo superamos?” Winston Churchill vino a decir que si estás atravesando el infierno sobre todo no te detengas porque te quemarás.
Y en esta aceptación aparece algo curioso: una calma extraña. No una calma feliz, sino una calma funcional. La que te permite levantarte cada día, seguir, acompañar, sostener miradas y no desmoronarte en cada esquina. Este hecho clave no elimina el miedo, pero lo coloca en su sitio. Ya no conduce. Solo acompaña.
Buscar momentos para disfrutar, incluso en mitad del caos
Otra enseñanza poderosa fue descubrir que la vida no se detiene del todo, ni siquiera en los momentos más duros. Siempre hay rendijas por las que se cuela algo de luz. Un gesto, una risa inesperada, una conversación banal que se convierte en refugio. Aprendí a buscar esos momentos. No por frivolidad, sino por supervivencia. Disfrutar no es traicionar la gravedad de la situación. Es honrar la vida que sigue latiendo a pesar de todo. Un café caliente, una broma absurda, una tarde en la que el tiempo parece suspenderse… esos instantes no curan, pero sostienen. Y a veces sostener es lo único necesario para seguir avanzando.
Resiliencia: la capacidad de aguantar sin romperse
La resiliencia dejó de ser una palabra bonita para convertirse en una práctica diaria. No como heroísmo, sino como resistencia silenciosa. La resiliencia real no sale en los titulares. Es la de levantarte cansado y seguir. La de sonreír cuando por dentro estás hecho trizas. La de aguantar días malos sin saber cuándo llegará uno bueno. Aprendí que ser resiliente no es ser fuerte todo el tiempo. Es permitirse caer y volver a levantarse. Es aceptar que habrá días en los que no puedas más… y aun así, seguirás caminando.
Vivir en presente: el ahora como único territorio seguro
El futuro, tal como lo concebía antes, desapareció durante un tiempo. Los planes a largo plazo se volvieron irrelevantes. El calendario dejó de importar. Solo existía el ahora. Y en ese presente obligado comprendí algo esencial: el ahora es el único espacio habitable. El pasado pesa y el futuro asusta. El presente, aunque duro, es manejable.
Vivir en presente no es una consigna de libro de autoayuda. Es una estrategia de supervivencia. Cuando reduces la vida a lo que toca hoy, todo se vuelve un poco más sencillo. No fácil, pero sí abordable. Hoy es lo único que puedes cuidar. Mañana ya veremos.
El valor de lo pequeño
Otra enseñanza que a veces se me olvida: lo pequeño importa. Importa mucho. Antes tendía a buscar grandes logros, grandes metas, grandes resultados. Las circunstancias me enseñaron a celebrar avances diminutos, a no despreciar lo aparentemente insignificante. La vida no siempre se construye con hitos épicos. A menudo se sostiene con pequeños pasos, uno detrás de otro.
La importancia de estar, simplemente estar
No siempre hay palabras adecuadas. No siempre hay soluciones. Muchas veces, lo único que puedes hacer es estar. Y eso, aunque parezca poco, es muchísimo. Estar presente, disponible, atento. Sin discursos, sin consejos no solicitados, sin falsas certezas. Estar es un acto de amor silencioso y profundo. La presencia auténtica vale más que cualquier frase bienintencionada. Y en ocasiones, aunque no sepas qué decir, escuchar con atención ya es suficiente.
La fragilidad como parte de la condición humana
Durante este proceso entendí algo que antes solo sabía de forma teórica: somos frágiles. Mucho más de lo que nos gusta admitir. La vida puede cambiar en un instante y dejarte sin asideros. Pero esa fragilidad no nos hace débiles. Nos hace humanos. Nos conecta. Nos iguala. Nos recuerda que todos estamos de paso y que nadie tiene el control absoluto. Aceptar la fragilidad propia y ajena te vuelve más empático, más comprensivo, más paciente. O al menos, así debería ser.
Priorizar de verdad
Cuando todo se tambalea, las prioridades se reordenan solas. Ya no decides tú: la vida decide por ti. Y curiosamente, suele acertar. Aprendí a distinguir lo importante de lo urgente. A decir no sin culpa. A proteger tiempo, energía y atención. A no perderme en batallas que no merecen ser libradas.
Gratitud sin ingenuidad
Otra lección compleja fue la gratitud. No una gratitud edulcorada, sino una gratitud consciente. Agradecer no significa justificar el dolor. Significa reconocer lo que te sostiene incluso en medio de él. Dar las gracias a los profesionales que acompañan, a la gente que suma, a los pequeños respiros que aparecen cuando menos lo esperas. El agradecimiento sincero no elimina la dureza, pero la hace más llevadera.
Afortunadamente nuestra historia tuvo un final feliz, conseguimos ascender la montaña y regresar. Nuestro agradecimiento será eterno para todos los que iluminasteis nuestro camino.
Recordar que esto también se me olvida
Pero aquí está la parte más honesta de este texto: muchas de estas enseñanzas se me olvidan y vuelvo a la rueda, a quejarme por tonterías, a impacientarme, a perderme en el ruido. Olvido el valor del ahora, de lo pequeño, de estar.
Por eso escribo. Para volver a leerme. Para recordar que hubo un tiempo en el que la vida me obligó a aprender deprisa y sin anestesia. Para no traicionar esas lecciones cuando la normalidad regresa y la memoria se acomoda.