Hay frases que de tanto manosearlas acaban perdiendo su sentido. “Sólo se vive una vez” es una de ellas. Se utiliza para justificar casi cualquier cosa: una decisión impulsiva, una escapada improvisada, una compra innecesaria o la promesa de una felicidad inmediata. Pero si reflexionamos y nos detenemos un momento a pensarlo, la frase es profundamente inexacta. En realidad, sólo se muere una vez. Vivir, en cambio, vivimos todos los días.

La diferencia no es menor y modifica por completo la forma en la que miramos la existencia. La realidad es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más profunda. La vida no es un gran momento, es una sucesión de días: Días normales, felices, difíciles. Jornadas en las que todo parece fluir y otras en las que cuesta incluso arrancar. Como en las teclas de un piano, negras y blancas (malos y buenos momentos) todas esenciales para tocar la más bella de las melodías.

Durante demasiado tiempo hemos escuchado discursos que prometen felicidad permanente, optimismo obligatorio o éxito asegurado si uno sigue determinados métodos. Una especie de pensamiento positivo de manual que, en muchas ocasiones, convierte la existencia en una competición absurda y sin sentido por aparentar entusiasmo constante. Pero la vida real no funciona así. Hay cansancio, dudas, pérdidas, situaciones que no suceden como esperábamos, y todo ello también forma parte de vivir.

Ser optimista no consiste en negar las dificultades ni en repetir consignas motivacionales. El verdadero optimismo es más sobrio y sereno: radica en aceptar la realidad tal como es y seguir andando a pesar de ella. En el fondo vivir es caminar aprendiendo a morir. No en un sentido trágico, ni pesimista, sino profundamente humano y enriquecedor.

Cada etapa que dejamos atrás fenece un poco: la infancia, ciertas ideas, algunas seguridades, incluso algunas versiones de nosotros mismos. El devenir es un tránsito en el que vamos perdiendo cosas, cambiando de piel, dejando atrás certezas que parecían inamovibles. Vivir es aprender a soltar, a aceptar que todo cambia, a convivir con la fragilidad que forma parte de la condición humana.

Y, paradójicamente, cuando entendemos esto, empezamos a valorar más lo que ocurre cada día. Más allá de proclamas banas y falsos profetas. La vida no se construye en los grandes momentos extraordinarios que aparecen en los discursos motivacionales. La vida se construye en lo cotidiano, a veces en la rutina. En las conversaciones que no estaban previstas. En los proyectos que empiezan pequeños. En los cafés compartidos. En los silencios que nos ayudan a ordenar la cabeza. En la capacidad de levantarse y continuar cuando algo se tuerce.

Con el tiempo uno aprende a desconfiar de quienes prometen fórmulas mágicas y recetas instantáneas para vivir mejor. No existe un manual de instrucciones universal ni atajos garantizados. Cada persona va encontrando la senda adecuada, paso a paso, unas veces a la primera y en otras ocasiones tras sortear obstáculos varios.

Sólo se muere una vez. Vivir, en cambio, vivimos todos los días. Y en este caminar cotidiano, entre aprendizajes, pérdidas, descubrimientos y pequeños logros vamos entendiendo poco a poco algo esencial: que la vida consiste en aprender a deambular con la certeza de que nuestro tiempo es limitado y esto, lejos de ser una tragedia, es precisamente lo que da valor a cada día.

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